Llevo toda la semana viajando en el tiempo, arriba y abajo. Debe ser algún fenómeno físico. Quizás sea por esas nubes blancas, como un humo muy fino, que permanecen estáticas ante este sol que se derrama sobre la Escuela Judicial, bajo la enorme antena de la Collserola. Bueno, quizás sea yo. Y es que, pensándolo bien, muy pocas veces he sentido un ancla de hierro macizo que me arrastrase y mantuviese en el presente.

Mirad, caminaba por el pasillo de la entrada, luminoso y fresco, pasados los sillones rojos, tras salir del autobús y que el Nacional me saludase ya sin mucho ánimo. Sobre mí sentía aquellos cientos de ojos de jóvenes jueces congelados en sus orlas, sonrientes, de la 51 a la 68; pero, sin embargo, mi paso era algo indeciso y nervioso, como aquella primera vez que crucé frente a reprografía, a las escaleras que suben a biblioteca, frente a todos aquellos símbolos institucionales, atento a cada detalle y algo asustado.

Y así todo. Veréis, esta semana leía un libro mientras me zarandeaba el traqueteo del ferrocarril y el autobús de la escuela; sentía el frío de la Paulino Mora, distraído, mirando el reloj, escuchando las peleas por el control del mando del aire; hacía, hambriento, la cola hasta María para la comida; me sentaba bajo la sombra de la palmera de la terraza; subía al ágora a descansar junto a los árboles de las promociones anteriores; firmaba la hoja que Antonio ponía sobre la mesita del hall; escuchaba los tacatacas de los teclados, las risas, las voces del grupo tres, tras recorrer el asfixiante calor de su pasillo; cerraba mi taquilla por última vez.

Pero yo no estaba allí, en realidad, en mi cabeza, hablaba en el funicular con mis compañeros, memorizando sus caras y nombres, en aquel primer viaje hacia Vallvidrera; sentía el bochorno y el sudor que empapaba mi espalda, atento a cada palabra que se vertía en la Paulino, sin importarme el tiempo; pensaba con quién me sentaría en aquella primera comida mientras pasaba la tarjeta, por primera vez, por la maquinita; salía a la terraza, al sol, huyendo de la sombra de la palmera, queriendo colorear mi blanca piel de ex opositor en aquel septiembre; subía al Ágora y me maravillaba con las impactantes vistas de Barcelona sin saber qué hacían todos aquellos árboles allí plantados; firmaba por primera vez frente a Antonio, una firma con mimo; escuchaba el rumor de una clase atenta a los profesores, con tantas voces desconocidas; abría mi taquilla y dejaba un sinfín de cosas que luego no necesité.

Pero el futuro también estaba ahí, y no hablo del peso de la toga en un juzgado real, con los ruedines de un magistrado tutor. Me refiero a lo que sucederá en un par de días: al adiós.

Me refiero a ver muchas caras que he visto durante todo un año, pero por última vez, al menos allí, enlatadas en aquella enorme cápsula del tiempo que es la Escuela. Me refiero a dejar de oír todos esos “¡qué horror!”, “holi”, “hola bonitos”, “cagüen diez”; a dejar de escuchar todas aquellas voces de los que siempre se quejan y maldicen; los que cotillean los líos, o se ríen, o te regalan sonrisas. A la East y a la West Coast. Al grupo mixto. A todo eso. Me refiero a toda la promoción mirando, con los ojos empañados, agarrados, nuestro árbol, todavía joven, apunto de abrazarse al suelo con sus raíces, de envolvernos a todos con ellas y quedarse allí, como una foto de cada día que pasamos juntos.

Es un sentimiento agridulce. Sabía que esto se iba a acabar y, de hecho, ya incluso lo deseaba. Lo siento. Pero a la vez es triste que se acabe este increíble año de Varonas, Pepes, Claras, Carmenes, Bustos, Zitas y Rosas. E incluso de Ramones Casas. De salas de vista y nervios, de evaluaciones compartidas, de Whatsapp Web y disimulo, de fiestas de cumpleaños, de miles de listas para eventos y Bizums, de pizzas, de batcueva, de bailes, de piques. El suelo de la Escuela empieza a oler a risas y abrazos, a togas y sentencias, a condenas y absoluciones. Bueno, menos de esto último. Y se dice que aún resuena el eco del “¿consumidor o no consumidor?” por los pasillos.

Me siento como el marino tras el combate, tras la victoria, joven, con su coletita rubia y su lazo negro, al que una astilla ha impactado en el brazo y se le ha infectado. Duele mucho y sé que hay que hacerlo, que hay que amputar. Y ya estoy allí, en ese momento que se acerca, que vendrá, mordiendo la madera, tras el trago de whisky, mirando el serrucho del doctor a bordo.

Dicen que, cuando pierdes algo, lo primero que sientes es solo el golpe anímico de la pérdida, la sierra. Pero, en realidad, eso no es la pérdida, no es echar de menos, es solo el adiós. Echar de menos viene después, cuando notas la ausencia, del que se ha ido, en aquellos huecos que ocupaba. Cuando buscas sus manos, sus brazos, sus palabras, su mirada. Cuando buscas quién te acompañe a aquel sitio en Sarriá, a ese evento en la Barceloneta. A ese que te escuchaba y aconsejaba, que venía a ver esa peli, de compras, a tomar esa cerveza. Echas el brazo de menos cuando te falta para coger el fusil o rascar tu nariz. Y, después, sientes su fantasma, aun te pica y duele, aún está ahí: la presencia de tus compañeros, de tus amigos, de sus riñas, sus bromas, y sus chapas también. Pero cuando miras, no están.

Y de pronto, en el presente, con el sol quemando mi piel junto a la piscina y con los pies apuntando a la sala de vistas, me pierdo en el tiempo y siento el dolor en el brazo. Ya empiezo a echarlo de menos. Pero se oye el CHOF de los que saltan al agua, los pasos de baile, el TAC-TAC del ping-pong, el “pollo-plancha”, el “¿me has dejado el tique, nena?, y esas voces y risas que podrías, ahora, identificar con los ojos cerrados. Y siento como tira de mí, como el ancla me arrastra al presente.

Y quizás sea eso: porque lo importante no es el sitio, sino las personas que lo llenan. Lo importante son esas personas que se esconden tras la cortina azul del pasillo de entrada; las personas que sonríen en esa orla que, muy pronto, también mirará el caminar nervioso de la promoción 70 en su primer día de Escuela.

Y es que esa es el ancla que nos trae al presente, la orla, nuestro árbol, sus raíces, el peso que nos mantendrá aquí, en este ahora que será eterno, con una sonrisa sobre la toga y una cervecita bajo ella. Y, ¡qué coño!, aún conservo mi brazo, al menos por un poco más, y sería un completo idiota si no brindase con él.

¡Por la promoción 69! ¡Por nosotros!

 

Por Ignacio Parra Cabrera, Juez en prácticas y simpatizante de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria.