Claudio García Vidales

 

7.30 de la mañana. Suena la alarma. Dichoso móvil. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. El día de la semana es indiferente. Incluso el mes. Eres opositor y eso relativiza muchas cosas. No solo la fecha, también tus sentimientos o tu estado de ánimo. A esta vorágine le da igual si tienes un buen día o uno malo. Si te has levantado o no de humor. Te lo habían advertido, pero no acababas de creerlo.  Quizá te estabas adelantando, la vocación afloraba y estabas aplicando con rigor la presunción de inocencia. La oposición era inocente hasta que te demostrase lo contrario. Y vaya si lo hace.

Muchos hablan de la oposición como una carrera de fondo, en la que lo relevante no es la rapidez, si no la constancia. En mi caso, prefiero referirme a ella como un espejo. Un cristal donde te miras y te conoces a ti mismo, con tus virtudes y con tus defectos. ¿Cuántas veces hemos oído aquello de “yo soy más de estudiar de noche”, “yo es que soy incapaz de levantarme antes de las 7”, “a mí no me pidas que siga estudiando después de las 8 porque mi cabeza no da para más”, etc.? Por eso hablar del OPOSITOR es hablar de humo, de un concepto que no existe o que, al menos, no se puede unificar. Existen tantos opositores como personas, con sus manías particulares. Bien es cierto, sin embargo, que existen ciertos rasgos que he descubierto a lo largo de este camino que me parecen fundamentales y que sirven para forjar al juez/magistrado que manifiesta la Constitución de 1978 “integrante del poder judicial, independiente, inamovible, responsable y sometido únicamente al imperio de la ley” (uno sabe que aún está en fase de “desintoxicación” de la oposición cuando recuerda sin dudar y como un loro los artículos que eran parte de los 10 temidos temas en los dos orales).

El primero de esos rasgos es la perseverancia. Y en este caso, creo que debemos diferenciar el concepto de la constancia. Mientras que esta última, para mí, hace referencia a una cuestión de organización y mantenimiento de la misma en el tiempo, la perseverancia es el sentimiento de saber que puedes caer y que debes levantarte y seguir, pese al golpe emocional que puede suponer un suspenso. Estamos hablando de una oposición en que la media de tiempo para aprobar ronda los 4 años. Es necesario por parte de los opositores tomar conciencia de esta realidad y, sobretodo, no desanimarse por el hecho de que el tiempo invertido no sea el esperado. Seguramente uno de los peores errores que puede cometer quien comienza este camino es autoimponerse que el mismo sea breve y, en caso de no serlo, equipararlo al fracaso.

Humildad, otro elemento básico. El mejor estudiante no es el mejor opositor. Esta realidad, que aquellos que han aprobado la oposición estoy seguro que han asumido, puede ser difícil de digerir para aquellos universitarios que terminan la carrera con expedientes brillantes y que, sin embargo, no pueden asumir con facilidad el reto que supone prepararse para ser miembro del Poder Judicial. La realidad, en este sentido, juega malas pasadas en ocasiones. Un 9,5 en la universidad no es equivalente a un 80 en la oposición de manera automática, ni siquiera asegura aprobar. La oposición es un mundo nuevo, diferenciado y particular, y toda aquella persona que se atreva a afrontarla debe abandonar los estándares aplicados hasta ese momento y ser consciente de la nueva realidad que se plantea ante él. Y la humildad debe mantenerse una vez conseguido el objetivo. Aprobar no te hace mejor o más inteligente que tus compañeros. Los factores son muchos y no todos están bajo nuestro control.

Sacrificio. Perderás cosas. Es un hecho. Tus amigos saldrán y tú no podrás porque, como hemos dicho antes, el dichoso despertador tiene la manía de sonar a las 7.30 y el cronómetro es caprichoso y requiere de tu atención y mimo diarios. Tu familia se irá de vacaciones y tú tendrás que renunciar a ellas en ocasiones. La gente a tu alrededor continuará con su vida y la tuya, de momento, estará paralizada, esperando a lograr que te den el pistoletazo de salida. Como un tren que se retrasa en la estación mientras ve que todos los demás empiezan a avanzar. Y todo ello por un objetivo que no sabes si finalmente lograrás.

Y por último, compromiso. Compromiso con tres valores fundamentales: RESPONSABILIDAD, HONOR y LEGALIDAD. En lo relativo a la responsabilidad, siempre he considerado que como ciudadanos tenemos la obligación moral de devolver a la sociedad y al Estado parte de lo que nos aporta a lo largo de nuestro periodo formativo, ya sea a través de nuestra labor profesional o de manera voluntaria y desinteresada. Además, la labor que desempeñamos es un honor, existe cierto aura de actuación noble en la resolución de los conflictos que se lleva a cabo por un juez y, por ello, debemos ser conscientes de la imagen que ofrecemos a la sociedad. Y en último lugar, somos garantes del ordenamiento jurídico y, por lo tanto, somos el engranaje último que facilita el funcionamiento de la maquinaria social, utilizando la ley como líquido engrasante.

La labor que empieza para algunos y que para otros comenzará en los próximos años es, posiblemente, una de las más bonitas y fundamentales para el desarrollo de una sociedad democrática. Conformamos uno de los 3 poderes del Estado y ello nos convierte en piezas indispensables para la ciudadanía. Ser conscientes de ello es fundamental para superar una fase tan dura como la oposición y, quizá, para hacerla más llevadera. Pero todo esto no te lo dirá el despertador cuando se empeñe en sonar a las 7.30 de la mañana.

Claudio García Vidales, Juez de la 70ª promoción de la Escuela Judicial.