Creo que nunca olvidaré el 1 de julio de 2019. Acompañada de mi familia, como siempre lo han hecho durante los 2 años, 11 meses y 24 días de oposición, entré en el Tribunal Supremo como un manojo de cansancio, nervios e incertidumbre. Unas horas después, salí de ese mismo sitio entre gritos, abrazos y llamadas de teléfono que me decían que ya era juez. Y todavía, más de un mes después, sigo intentando asimilar todo lo que ese día ha supuesto en mi vida y todo lo que está por venir.

Como ocurre en casi todos los ámbitos de la vida, hay tantos opositores como circunstancias. Precisamente por eso, creo que no hay una serie de reglas fijas sobre mi experiencia que puedan servir a otros opositores o a los que estén pensando en opositar. Al contrario, es la oposición la que me ha ayudado a desarrollar una serie de pensamientos que he mantenido durante toda esta etapa y que ahora, echando la vista atrás, considero que han sido más importantes que el número de horas de estudio, el número de temas o la literalidad en los artículos del Código Penal.

En este sentido, si tuviese que resumir este periodo de mi vida en una frase, diría que la oposición es una cuestión de fuerza mental. Es necesario saber en todo momento de dónde partes, a dónde quieres llegar, cuáles son tus limitaciones y cuáles tus puntos fuertes. Esto es algo que parece muy obvio pero que cuando estás 11 horas al día estudiando (o incluso 13 o 14 horas en las semanas antes del examen), es muy fácil perder de vista y echar todo a perder.

Por eso, en los días de mucho agobio, ansiedad, y después de perder horas de estudio con pensamientos negativos, siempre llegaba a una conclusión: “nunca nada es para tanto”. Así, cuando me repetía esa frase a mí misma, me daba cuenta de que podía controlar mis propios nervios y seguir estudiando. Porque, al fin y al cabo, solo era un examen. Uno muy importante, y al que le había dedicado muchísimo esfuerzo, eso sin duda. Pero un examen. Y cuando entendía que no se trataba de una cuestión de vida o muerte, ni de la salud de un familiar, ni de ninguna otra cosa más grave, era capaz de asumir la posibilidad de que si suspendía no se acababa el mundo.

En mi caso era relativamente fácil tener estos pensamientos en la cabeza, porque llevaba muy poco tiempo opositando. Seguramente ese “nunca nada es para tanto” se hubiese agravado si en lugar de 3 años hubiese llevado 8 el día que me examiné del último examen. Por eso, otra recomendación que puedo aportar es la de intentar aprovechar al máximo cada hora de estudio desde el primer día. Es algo que también puede parecer obvio, pero cuando empiezas una oposición sabiendo que la media es de unos cuatro años, puedes cometer el error de “relajarte” pensando que todavía te queda mucho tiempo hasta que tengas opciones.

Si valoro la importancia de aprovechar el tiempo, es porque yo misma estuve a punto de cometer este error después de aprobar el primer oral: pensaba que ya había llegado muy lejos pasando los dos primeros ejercicios y que era imposible pasar el tercero en tan poco tiempo. Sin embargo, tuve la gran suerte de tener un preparador que me recordó que tenía que cambiar esa mentalidad, que podía sacarlo y que tenía que luchar por ello hasta el final. Quizás fue en ese momento cuando entendí la importancia que tiene en estas oposiciones confiar en uno mismo y, como he comentado antes, en mis limitaciones y en mis puntos fuertes. Y fue a partir de ahí, cuando empecé a creer que podía, cuando pude subir el número de temas mucho más rápido de lo que yo pensaba y finalmente llegar al último examen con posibilidades de aprobarlo.

Obviamente y siendo realistas, el simple hecho de creer en ti no te da el aprobado en una oposición de este nivel. Pero no hacerlo, no dar todo de ti desde el principio porque crees que es muy pronto y no vas a poder, quizás sí que pueda ser un gran obstáculo que tú mismo te pones antes de intentarlo.

Por todo ello, y volviendo a la idea de fuerza mental que antes mencionaba, mi mayor aprendizaje durante la oposición ha sido la importancia de mantener un equilibrio entre dos pensamientos. Por un lado, la confianza en que si aprovechaba cada minuto de estudio podría sacarlo. Por el otro, relativizar la importancia de los exámenes y aceptar la posibilidad de no pasarlos. Aunque este equilibrio era casi imposible de mantener en ciertos momentos (especialmente las semanas antes del examen), ahora creo firmemente que es lo que más me ayudó a controlar los nervios. Y ese control, era lo único que me permitía avanzar y cumplir mis objetivos.

Sin embargo, tengo que reconocer que todo este esfuerzo ha sido mucho más fácil y llevadero gracias a todo el apoyo que he tenido de las personas que me rodean. Gracias a mi pareja, que me ha levantado cuando tenía días malos y me ha recordado la importancia de seguir en los buenos. Gracias a mi familia, que ha soportado mis horarios militares y ha creído en mi cuando yo perdía el norte. Gracias a mis amigas y compañeras de oposición, que me han hecho sentirme acompañada a pesar de la soledad que he vivido. Y sin duda alguna, gracias a mi preparador, que ha sido la mejor motivación y mi ejemplo a seguir en estos años.

Beatriz Leyva