Mujeres juezas: así es el día a día de sus señorías

Las magistradas, mayoría en la carrera judicial desde 2013, claman ahora por su derecho a conciliar y piden que sea un mérito en el currículum.

“Tranquilízate, chica, que estás muy nerviosa”, decía el agente mientras movía en círculos un vaso de tubo largo. La chica era la juez Ana Ferrer, ahora magistrada de la sala penal del Supremo, y le acababan de quemar el coche. Ahora, echa la vista atrás y cree que todo “ha cambiado mucho en todos los niveles porque todos hemos hecho un esfuerzo”. Desde luego, en las cifras de mujeres en la carrera judicial así es. El 53,5% de todas las sentencias que se emitieron el año pasado fueron firmadas por juezas, un dato lógico si se tiene en cuenta que son mayoría desde 2013. Sin embargo, hasta 1966 no podían ejercer esta profesión y hasta 1981 lo podían hacer, pero con permiso de su marido. Pero hay estadísticas que nunca cambian: el 97,9% de quienes pidieron excedencias por los hijos fueron juezas, así como el 100% de quienes lo hicieron por cuidar a un familiar.

Precisamente por eso, la AMJE (Asociación de Mujeres Juezas de España) está perfilando una propuesta novedosa: “Que puntúen estas cosas en los concursos de méritos, que se valore como algo positivo para romper los techos de cristal haber dedicado tiempo a los cuidados de los demás, de la familia”, desvela su presidenta, Glòria Poyatos, una de las pocas juezas decanas del país y quien implantó los grupos de Whatsapp para coordinar su trabajo. Poyatos también recuerda la infrarrepresentación femenina en los órganos de elección: “Ellas no se presentan, ya que priorizan la conciliación”.

Cada pueblo tiene sus delitos típicos: uno, casi todo drogas, en otro blanqueo y en otro delitos de sangre.

“Las juezas y los jueces, todos, en nuestro día a día tenemos un lío de narices, en eso no hay diferencia de sexos”, subraya una jueza que se ha convertido en una pequeña celebridad en las redes por haber dicho que “hay mujeres malas” y que no necesariamente ser chica le da más credibilidad a un testimonio, descabalgándose así del célebre “yo sí te creo” tras el juicio a la Manada. Esta mujer comenzó en pequeños pueblos y recuerda que lo que más la sorprendió fue que en cada uno había muchos delitos de una clase concreta: “En uno, casi todo drogas, en otro cosas de empresas y blanqueo y en otro delitos de sangre, peleas, agresiones y hasta asesinatos”. Así que cada juzgado tiene su intríngulis. Aunque todos coincidan en una carga de trabajo muy superior a la que pueden afrontar (un estudio interno cifra en un 150% la carga laboral). “¡Si ves mi mesa te asustas!”, resume Lara Esteve, ejerciente en Carlet (Valencia), que tiene que colgar apresuradamente porque está en medio de un juicio.

Parezco un personaje de opereta, poniéndome y quitándome la toga, para arriba y para abajo.

Un asunto, el de la carga, al que apunta sin dudarlo Gloria Rodríguez, magistrada del juzgado número 8 de lo social de Madrid. “Yo resuelvo una gran parte del trabajo en casa y los fines de semana. Entre sábados y domingos le echo como mínimo ocho horas más. Es cuando puedes trabajar con más calma sin que vayan entrando funcionarios al despacho o tenerte que ocupar de otras cosas que van surgiendo”, explica esta jueza, que recuerda que ha tenido que renunciar a muchas comidas o eventos con amigos y familiares. “En lo mío, lo más curioso es que una de las cosas que más me ocupa fuera del juzgado es resolver los litigios por las horas extras no cobradas de los trabajadores… que tengo que mirar una a una ¡echándole yo horas extras!”.

Esteve quizá se lleve la palma en cuanto a “pluriempleo”. Su juzgado lleva los asuntos de instrucción y los normales, además de violencia de género y Familia. Tiene juicios todos los días. También guardias cada tres semanas de ocho días para todos los asuntos y todos los días de diario del año para temas de violencia de género. “Parezco un personaje de opereta, poniéndome y quitándome la toga, para arriba y para abajo”, comenta con humor. Ella ha resuelto descononectar cuando llega a casa. Lo que sucede es que llega pasadas las siete de la tarde. Se lamenta, como todas, de la falta de medios que, en su caso, la han llevado a “hacer una colecta” para habilitar una sala “amable” para los menores: “Los medios que tenemos se resumen en cero patatero”.

Leyendo sus derechos a los niños

También sabe de hacer equilibrios entre la vida personal y la laboral. “He traído al juzgado a mis hijos pequeños un montón de veces. No es el sitio ideal, pero estoy separada y sin familia por la zona y a veces no puedo dejarlos con nadie”, explica al tiempo que recuerda que los jueces carecen de planes de riesgos y otras ventajas laborales, uno de los motivos, junto a unas retribuciones que consideran injustas (no llegan a cobrar a dos euros la hora de guardia) que los llevaron a la huelga el pasado martes .

Sus hijos, muy pequeños, ya saben “que si llama a casa la Guardia Civil hay que estar calladitos. De hecho, la niña de tres años con su media lengua se pone el dedo en los labios y dice ‘silencio, Guardia Civil’. También que un sábado por la noche, de guardia, puede haber un habeas corpus y tener que irte deprisa y corriendo”. De hecho, los niños ya tienen tan interiorizado el trabajo de su madre, que cada vez que cometen una trastada “les leo sus derechos”, se ríe.

Con el tiempo se te moldea el carácter y te acostumbras: sabes que vienen a mentirte todos los días.

De horas extras también sabe mucho Eva Atarés, portavoz de la asociación de jueces Francisco de Vitoria. Pero en su caso, además de las de trabajo ordinario, de “responsabilidad”. “Una de las cosas que más me impactaron al entrar a trabajar en el juzgado es la responsabilidad, tú eres el juez y lo que dices se tiene que cumplir, ¡ostras, decides si alguien queda en libertad o va a prisión!”. Ahora, muchos años después de su primer destino ya no se lo plantea: “Con el tiempo se te moldea el carácter y te acostumbras. De hecho, sabes que vienen a mentirte todos los días, pero tu trabajo es la resolución de conflictos ajenos aplicando una norma que no has decidido tú”. Una responsabilidad que le ha llevado a tener que decir a un niño que sus padres se habían separado porque a los progenitores se les había olvidado mencionar al menor ese pequeño detalle antes de embarcarle en un juicio.

Esa solemnidad, ejercida por mujeres, no siempre fue fácil de asumir por parte de los varones. “¡Anda, si no hay juez, lo que hay es una chica!”, le espetó un paisano a Ana Ferrer en uno de sus primeros destinos, en Valdepeñas (Ciudad Real). “Ha habido que pelear mucho por el reconocimiento, claro, pero como en casi todos los ámbitos sociales”, pondera Ferrer, que años más tarde fue una de las primeras magistradas en ser objetivo casi cotidiano de la prensa cuando le correspondió instruir el caso del exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán. A Eva Atarés no es que le haya pesado ser mujer, pero sí ha vivido escenas peculiares cuando trabajaba en Tudela (Navarra): “Recuerdo un día en que se empeñaba la Guardia Civil en que no podía entrar en un sitio al que tenía que ir para certificar el ingreso en un psiquiátrico… el asunto era que ¡había un gitano con un machete!”. Lo mismo a Esteve, que tuvo a una mujer protestando contra ella con una huelga de hambre a la puerta del juzgado y persiguiéndole a las cámaras de un programa televisivo “para sacarme como una insensible y desalmada”.

Fuente: elconfidencial.com