Esto no pasará, por Natalia Velilla

Esto no es un caso más. Es la crisis mediática más grave que ha atravesado el poder judicial.

Esto no pasará. Dicen todos los que me rodean “no te preocupes, Natalia, esto es flor de un día, hasta que se canse la gente, ya ha pasado otras veces”. No entienden. Esto no es un caso más. Es la crisis mediática más grave que ha atravesado el poder judicial desde que ejerzo la jurisdicción. Escucho, leo, participo en redes sociales y los ciudadanos me exigen empatía, capacidad de entender, de transmitir a la opinión pública que los jueces se equivocan, que dejemos de ser ‘corporativistas’. No podemos hoy hacer otra cosa: si las asociaciones de jueces y fiscales no cerramos filas, el poder judicial se resquebraja. No es hoy momento para flaquear. Un ministro de Justicia ha tirado por tierra la separación de poderes y se ha limpiado los zapatos con nuestras togas.

Hace unos días, mi asociación emitió un comunicado en el que lamentábamos la falta de política de comunicación del Consejo General del Poder Judicial. Creo que, por encima de todas las consideraciones, esta crisis se podría haber mitigado. No digo que se hubiera evitado, porque no depende de nosotros que un caso sea elegido por quienes nos usan a todos (incluida a la propia víctima) para horadar las bases de la convivencia democrática, pero, al menos, se podrían haber sorteado muchas de las críticas al poder judicial basadas en medias verdades y —por qué no decirlo­— mentiras.

Me veo incapaz de hacerles entender a mis amigos no juristas que la sentencia sí cree a la víctima y ha acogido a pies juntillas su versión. Que no se ha creído a la defensa. No se ha creído a los acusados. No se ha creído a quienes han arrojado dudas sobre la credibilidad de quien fue violada (sí, violada, he dicho bien, puesto que violación es lo que reconoce la sentencia que se ha producido, aunque no lo llame así). Eso creo que ya no importa. En redes sociales y medios de comunicación, quien da la primicia decide el ‘hashtag’.

De existir un verdadero gabinete de comunicación y un portavoz del poder judicial fuerte, como debería ser (no olvidemos que el Ejecutivo tiene a la vicepresidenta como cara visible del Gobierno ante los medios de comunicación; los grupos parlamentarios tienen sus propios portavoces y, de forma institucional, el poder legislativo tiene un presidente de las mesas del Congreso y el Senado que ejerce de portavoz), desde el mismo momento en que la Sala de la Audiencia Provincial de Navarra avisara de la lectura el pasado jueves 26 de abril a las 13:00 de la sentencia de La Manada, la ‘maquinaria’ de la información institucional se habría puesto en marcha, habría pedido un ejemplar de la resolución y el portavoz del poder judicial habría salido a los medios de comunicación a explicar qué es un voto particular, qué es una condena por abuso y su diferencia con el delito de agresión, la razón de decidir de la sentencia y las vías de recurso.

No se habría convencido a quienes, antes de conocer la sentencia, ya habían convocado a las masas bajo el lema ‘#JusticiaPatriarcal’ a manifestaciones (me pregunto qué habrían gritado de haberse impuesto una condena por agresión sexual), pero, al menos, a la gente de buena fe, con interés en saber la verdad y con preocupación por la enfermedad que padece nuestra democracia, les habría sembrado un sentimiento crítico frente a los lemas que parten de la víscera, de la pasión y que cualquiera puede compartir en un momento determinado, porque todos somos humanos.

Como en tantos otros casos mediáticos (léase Juana Rivas, el niño Gabriel, Diana Quer o Ruth y José), la sociedad olvidará a la chica que tuvo la desgracia de cruzarse con esta panda de animales en una calle de Pamplona. La sociedad incluso olvidará las caras de los cinco condenados. Ya habrá un caso nuevo que ocupe su lugar y llene ‘hashtags’, change.org o tertulias descarnadas. Pero el poder judicial no se recuperará de este golpe así como así. Un ministro reprobado, que no ha sido capaz de implementar ni una sola medida que mejore la Justicia, ha asestado un golpe mortal a la separación de poderes. En mi opinión, le ha salido el tiro por la culata porque, al final, la sociedad no es tonta y no se cree a los que burdamente se suben al carro del oportunismo. Pese a ello, la Justicia está herida. Y sangra.

Un ministro reprobado, que no ha implementado ni una medida que mejore la Justicia, ha asestado un golpe mortal a la separación de poderes.

No es momento de darse golpes de pecho. Es momento de exigir una Justicia 2.0. Un poder judicial del siglo XXI, con un gabinete de prensa profesional, que baje al barro, se inmiscuya en los debates en redes sociales y haga propaganda judicial. Que nos defienda, que nos explique y que nos sirva. No podemos dictar sentencias con medios del siglo XIX, pero tampoco podemos dictar sentencias para una sociedad del siglo XXI sin medios de difusión eficaces. No podemos desarrollar nuestro trabajo en libertad y con independencia; no podemos salvaguardar los derechos de los ciudadanos con temor a ser agredidos o a ser intimados ante la ausencia de mecanismos de protección.

Hoy es el caso de La Manada. Mañana será otro caso, ¿nadie se está dando cuenta de esto? Me decía un compañero hace años: “No hay nada más peligroso que un juez con miedo”. Hoy, estos días, he comprendido la verdadera magnitud de esta frase. Un juez con miedo no es justo. Un juez con miedo puede flaquear y dictar la resolución cómoda, la que quien haya decidido el ‘hashtag’ exija. Un juez con miedo no romperá jurisprudencias ni abordará nuevos retos interpretativos allá donde esto es posible. Nuestro deber de responsabilidad es elevadísimo, pero no estudiamos una carrera, superamos una oposición y estudiamos una escuela judicial para ser héroes. No va en el sueldo. No en este sueldo, al menos.

*Natalia Velilla Antolín, magistrada y miembro del Comité Nacional de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria.

Fuente: elconfidencial.com