Los humanos tenemos la tendencia de creer que los demás piensan de manera similar a la nuestra. A medida que el círculo personal se reduce, esa sensación se torna más cierta para el que así lo entiende. Pongo un ejemplo en relación con la profesión que nos une.

Uno puede tener muy claro que los jueces debemos percibir más retribución por nuestro trabajo. Puede parecer claro, evidente. Pues bien, siempre hay un compañero o compañera que asegura que los jueces estamos muy bien pagados. Uno puede tener muy claro que lo lógico sería que a nuestros representantes los nombrásemos nosotros, los representados, y sin embargo llega algún compañero o varios y te dicen que eso no es así, que lo legítimo es que los nombren otros poderes. Uno puede ver con claridad que lo lógico es que todas las cuestiones burocráticas y que no se refieran a la estricta cuestión de juzgar no se atribuyan a los jueces, sin embargo, muchos compañeros entienden que son ellos quienes deben abrir el correo del juzgado o sala cada mañana y ordenar el momento en el que deben encenderse los ordenadores… Uno, quizás, debe tener claro que, si dictas un determinado número de sentencias razonables y por ello –como sucede en otros cuerpos– te abonen lo que se denomina “productividad” (que siempre, y para qué engañarnos, viene bien). Sin embargo, acuden bastantes pensando que es preferible que no se abone nada y dictar pocas sentencias, eso sí, con el complicado adjetivo denominado “calidad”.

Cuando uno entiende que lo importante que se debe valorar en un juez es el tiempo que le dedica a su juzgado o tribunal, viene alguno y afirma que es más importante pasarte varias semanas formándote y si es un país lejano, mejor, porque eso abre tu mundo interior. Cuando tú tienes claro que para lograr determinados objetivos sería necesaria una acción conjunta –como por ejemplo una “huelga”–, están los que te manifiestan que eso no es actuar como un poder del Estado. Y mientras unos te corroboran que esa huelga sea indefinida, otros/as te aconsejan que sea testimonial, que muchos días afecta al bolsillo.

Cuando determinados compañeros piensan que es bueno abrirse a la sociedad a través de medios de comunicación, llegan varios y dogmatizan señalando que la función de juzgar es personalísima y que nuestra carrera bajo ningún concepto debe salir en papel, y no digamos ya en imágenes o redes.

Si alguien manifiesta que la carrera debe estar constituida estrictamente por jueces profesionales sea como sea, siempre otro sector apoya la existencia de jueces sustitutos con los que prevalezca el descanso personal a la profesionalidad del desempeño. Recalando ahora en aspectos más técnico-jurídicos, en el momento en el que un grupo defiende la instrucción por el fiscal, los contrarios defienden asimismo la instrucción judicial.

Cuando unos dicen que los especialistas deben poseer algún mérito o privilegio en determinadas plazas, los generalistas abogan por lo contrario.

Si determinados jueces entienden que la antigüedad es un mérito, llegan otros y te dicen que no, que es más importante saber inglés y haber desempeñado funciones de enlace en Luxemburgo. O por ejemplo en algo tan nimio como es una cena de asociaciones, mientras unos creen que es inocuo que un banco la patrocine por haber permitido hacer en un intermedio, proselitismo de las ventajas de sus cuentas de ahorro, arrecian los que critican que eso puede conllevar una “pérdida de imparcialidad”.

Si uno habla coloquialmente, se censura la falta de rigor, y si se hace lo contrario, se censura que no se conecta con el pueblo. Si se habla con políticos, es malo, pero si no se habla, también. Si se manifiesta que es bueno que las mujeres accedan a cargos gubernativos, otras compañeras, otros compañeros, ponen el grito en el cielo y reniegan de “acciones positivas” y así hasta la extenuación.

Pues bien, ante este panorama, he comprendido, junto a mis compañeros de comité y resto de órganos dirigentes asociativos, lo complicado que es “agradar”, en general, y no digamos ya en particular. He aprendido lo que es la exigencia de muchos que, quizás, sean poco exigentes cuando de ellos se trata. He fijado definitivamente la idea que tenía aprendida de que las críticas y los críticos destructivos de pequeñas cafeterías matutinas, se jubilarán como los personajes aquellos de los Teleñecos que se les daba forma de “viejecillos cascarrabias y entrañables”.

Pero también hemos aprendido que la firmeza en los valores esenciales, en la creencia de la dignidad de nuestra profesión, en asumir unidad ante las peticiones fundamentales que configuran nuestras ideas básicas, que el respeto y la tolerancia, pero, a su vez, la rectitud, la ausencia de deseos profesionales abyectos y, sobre todo, la unidad conservando lo nuestro, lo genuino de Francisco de Vitoria, ha servido para avanzar y romper los cimientos de lo enquistado. Ha sido la quimioterapia frente al mal que avasalla. Lo innovador ha traspasado escudos. El riesgo, como en las empresas, ha dado frutos, pero, sobre todo, la dignidad que estos comités de los que me enorgullezco haber sido su portavoz han demostrado frente a adversidades y han conseguido que ya nada vuelva a ser como antes, para mejor.

Gracias, a todos, sin excepción. Perdonad las cosas que no hemos podido conseguir. Nosotros somos nosotros, pero también nuestras circunstancias que decía Ortega y Gasset – más o menos–. Mi gratitud hacia toda esta familia: los gruñones y los cariñosos; los severos y los comprensivos; los del norte y los del sur. Ha sido enriquecedora la experiencia. Ojo, no digo agradable, digo enriquecedora. Si como en “Regreso al futuro” pudiese modificar algo, tengo claro que no lo haría. Las cosas deben ser como se van configurando. Un placer y mi apoyo a los que vengan, que seguro lo harán mejor. Gracias a todos. De corazón. Gracias sinceras y sin reservas. A mi asociación particular, pero, al fin y al cabo, mía y nuestra. Ah, y adelante, sin miedos ni reservas. Conseguiremos mucho más, lo tengo claro. Eso sí, yo, el de entonces, ya no soy el mismo. Perdonadme mi egolatría. Abrazos y besos.

*** Raimundo Prado es portavoz nacional de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria (AJFV) y magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura.

Texto correspondiente al editorial de la Revista Vitorinos Nº3 – Octubre 2019