Hace ya un año participé, gracias a la magistrada Natalia Velilla, en una charla-entrevista en Onda Cero con el ex magistrado Carlos Granados. Recuerdo que, ese día, recién aterrizado en la Escuela Judicial con una maleta llena de ilusiones, calcetines y valerianas, teníamos una fiesta de cumpleaños y yo estaba en un cuarto encerrado, nervioso, caminando de lado a lado de la habitación teléfono en mano, mientras veinte jueces en prácticas escuchaban la radio con la cerveza frente a mostachos y pintalabios al otro lado de la puerta.

Durante esa conversación, el principal consejo que me regaló Granados fue el siguiente: asóciate.  La idea estaba clara, el juez está solo allá donde va, forma parte de la independencia de la carrera, pero, a su vez, es algo que te pesa cuando acabas en un pueblo perdido de la mano de Dios y dudas al leer en una demanda que unas abejas han pasado al fundo ajeno.

Recuerdo, también, que el periodista Juan Ramón Lucas me preguntó que por qué aquello de querer ser juez, y le dije, sin improvisar demasiado, algo así como que creía que la Justicia es uno de los principales pilares de nuestra sociedad y que creía en una suerte de compromiso social que me guiaba, necesariamente, a tener que hacer eso: ser juez. Intenté decir que, si sumaba aquella trascendencia, la pasión y ganas que tenía por este trabajo en el que una firma puede cambiar un mundo y el hecho de que, sinceramente, creía que podía hacerlo bien, el resultado era el mismo. Vamos, que tenía que hacerlo.

Durante el tiempo que estuve en la Escuela, entre los debates que iban surgiendo, siempre defendí que parte de acercar la justicia a la gente se encontraba en mostrar al juez como alguien cercano, y eso me gustaba de muchos jueces que estaban en redes y me acercó a contactar con ellos. Y, así, también pensé que, si también podía hacerlo y era algo relevante, pues ¡qué demonios!, había que hacerlo. Y ese fue mi nuevo paso, lo que trataba con las redes, tuiteando, escribiendo y publicando: demostrar que soy una persona más, alguien a quien le pilla más cerca el bar con los amigos que las reuniones de caviar con cubiertos de adamantium. Alguien que cuenta chistes y, sí, también de humor negro; que sueña despierto que unos terroristas entran en la habitación y que los revienta a ostias; que quiere ser abuelo antes que padre; que a veces sabe que la carretera es lava y tiene que saltar sobre las líneas blancas del paso de cebra; que, cuando no le miran, practica, no muy bien, el “Moon Walk” de Michael Jackson, y también cuando le miran; que cree que los caballos, en realidad, son dos personas juntas haciendo el canelo dentro de un disfraz. Vamos, una persona normal.

Creo que parte del motor de mi vida ha sido ese, la creencia de que cuando algo es importante, y en este caso, de tantísima gravedad social y, además, cuando puedes hacerlo, tienes que hacerlo.

Durante las últimas semanas de la Escuela vinieron representantes de varias asociaciones judiciales a explicarnos en qué consistía el asociacionismo y qué es lo que hacían las asociaciones. Veréis, no solo hablaban de no estar solo, sino que también expusieron que otra cosa que aportaban las asociaciones a los jueces era, y así lo entiendo, un componente un tanto sindical: de hacer piña para luchar por nuestros derechos; pero, también, institucional, para actuar juntos por hacer una Justicia mejor.

Actualmente soy juez en prácticas en un juzgado de Primera Instancia, y mi magistrada tutora, quien es a día de hoy los ruedines de mi bici, también me habló de aquella idea de llegar solo a un destino. Y esa misma idea me transmitió también mi preparadora durante la oposición. Así que estaba mentalizado con que, inevitablemente, un día pedalearía solo, pero eso no me generaba demasiada angustia, la verdad.

Sin embargo, a lo largo de estos últimos meses, he podido ver cómo actuaban algunos jueces y magistrados, ya no solo por mostrar aquella normalidad sobre sus bicis sin ruedines, no solo por pedalear acompañados en su trabajo diario, sino, también, para mejorar la carretera, la bicicleta y las bicicletas, y todo lo que arrastran tras ellas, todo el peso y el calado de cada decisión que toman, del trabajo que realizan y el significado del mismo.

A lo largo de estos últimos meses he podido ver directamente, e intuir en otros casos, una carrera judicial digna de los jueces que la componen que, con sus excepciones, suelen ser dedicados, responsables, comprometidos y combatientes desde su trinchera; pero también una carrera con más mujeres que hombres y, sin embargo, con una cúpula que parece, más bien, un club de caballeros; juzgados sin medios cayéndose a pedazos; jueces con sobrecarga de trabajo en detrimento de los propios ciudadanos que pagan por ello; un Consejo que no defiende a la judicatura ni permite que participen los componentes de la carrera en su elección; y un sinfín de circunstancias que no solo se necesitan cambiar para tener una justicia mejor, sino que pueden cambiarse.

Hoy he enviado la documentación para pasar a ser simpatizante de la Asociación de Jueces Francisco de Vitoria, y más adelante asociado, y lo he hecho convencido, porque he encontrado en esta Asociación todo aquello de lo que he hablado anteriormente y, ante todo, guiado por ese motor del que hablaba: de que la trascendencia del mismo sistema judicial y las posibilidades de mejorarlo lo reclaman, así que, no tenía otra, debía hacerlo.

Y ahora tengo claro que, en unos meses, cuando me quiten los ruedines y me entreguen un monociclo algo oxidado en algún rincón perdido de España, con ilusión y compromiso, no pedalearé solo, pero, además, que trataré de pedalear por todo esto.

En fin, que tenía que hacerlo.

Gracias por acogerme en vuestra casa, Vitorinos.

Ignacio Parra, Juez en prácticas y simpatizante de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria.