El empeño del Consejo de mantener a Enrique López y Eloy Velasco en la Sala de Apelación de la Audiencia Nacional es para estudio ejemplar del derecho perverso

Es un bálsamo Leiva. De madrugada escucho una de sus canciones: “Hazlo como si fueras a morir mañana”. El título me viene de lujo para lo que quiero expresar aquí “con rabiosa independencia”, que diría de manera solemne pero no tan creíble el presidente del actual Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), don Carlos Lesmes. Llevo más de media vida dictando sentencias, conociendo problemas. Tanto es así que, si apareciesen todas las personas implicadas en mis resoluciones, se repoblaría una ciudad de provincias. He sentido cientos de dilemas, dudas, sentimientos humanos y mezquindades. Ahora bien, cuatro años como portavoz nacional en la independiente Asociación Judicial Francisco de Vitoria (AJFV), que representa a más de 800 jueces y magistrados de este país, y los necesarios viajes a Madrid me han servido para envejecer y ser escéptico ante los cortesanos.

Estos años me han facilitado oscuros saberes nigrománticos. Un personaje actual muy conocido en estos momentos me dijo: “Raimundo, lo peor de Madrid son los codazos”. Le entendí. Lo peor fue cuando me percaté de que sus codos se hallaban encallecidos y sus hombros fortalecidos de tanto ejercicio de apartamiento jurídico-competitivo.

Voy al tema. El órgano de gobierno de los jueces, es decir, el CGPJ, que por cierto a la mayoría de los ciudadanos le preocupa tanto como el apareamiento del cangrejo de río, pese a las ínfulas y barroquismos, y que tendría que cumplir con creces el artículo 103 de la Constitución, que somete a los poderes públicos a la Ley, ha caído en picado. Ojo, no digo que a todos sus miembros se les pueda encasillar por igual, pero lo cierto es que sus últimas actuaciones son para enmarcar.

Este CGPJ en funciones, que pervive gracias al azar, se ha desmelenado como en una despedida de soltero. El empeño del Consejo de mantener a Enrique López y Eloy Velasco en la Sala de Apelación de la Audiencia Nacional, sorteando machaconamente la voluntad del Tribunal Supremo, es para estudio ejemplar del derecho perverso. Lo de los nombramientos exprés, revestidos de legalidad encubierta, de altos cargos judiciales —dónde está su verdadero Poder— se debería examinar en manuales jurídicos de magia. No porque los nombrados no lo merezcan, faltaba más, sino porque sabemos que serán nombrados los elegidos de los nombrantes. Sé lo que digo, aunque parezca un juego de palabras, un trilerismo. Sé lo que digo, aunque parezca el bufón shakesperiano al que se le reían las gracias pero decía la verdad.

Quizás no se vean tantas sonrisas cuando el Supremo se pronuncie sobre lo que se asemeja a un club de golf. “Los amigos de mis amigos son mis amigos”, cantaba Objetivo Birmania. Nombrad, hacedlo “como si no importara nada”, que dice Leiva. Pero cuidado. Aún quedan jueces en España. Aún quedan jueces con mayúsculas. Aún quedan.

Raimundo Prado es portavoz nacional de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria (AJFV) y magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura.

Fuente: elpais.com