Durante los primeros días en la Escuela Judicial, hace aproximadamente un año, Rafa Bustos, profesor del área de derecho constitucional y europeo, nos dejó bien claro, con su ronca y arrugada voz, que nosotros no solo íbamos a ser únicamente jueces españoles, que íbamos a ser jueces españoles y europeos. De este modo, repitiéndolo como un mantra, nuestro profesor trataba de recordarnos, una y otra vez, que no solo estábamos vistiendo la toga negra – la española – sino que también vestíamos la azul.

Concienciados por esta idea, parte de la preparación de los jueces españoles incluye la formación en idiomas, el intercambio de jueces y jueces en prácticas con otros países o los cursos de formación en derecho europeo e internacional y la resolución de asuntos transfronterizos. Así, durante el curso teórico-práctico que se desarrolla en la Escuela Judicial en Vallvidrera (Barcelona), la EJTN (European Judicial Training Network) ofrece la posibilidad a los jueces españoles de realizar un AIAKOS (una suerte de Erasmus o intercambio de jueces de toda Europa que se realiza con una duración semanal), de formar parte del programa THEMIS (una competición de debate jurídico en inglés y francés) o de participar en los SUMMER SCHOOL (los cursos de perfeccionamiento y aprendizaje de inglés o francés jurídico sobre materias concretas).

De este modo, este año he podido acudir con dos compañeros españoles al curso de SUMMER SCHOOL que se desarrollaba en la Escuela para Jueces y Fiscales de Polonia, en Cracovia. Un curso de cinco días que estaba dirigido al aprendizaje de inglés (en mi caso) o francés jurídico a partir del estudio y debate de la normativa europea sobre cooperación internacional en materia de familia.

Al frente de mi clase, dirigiéndola, se encontraba un experimentado experto en derecho europeo, un juez británico; y una lingüista de Rumanía especializada en inglés jurídico. A su vez, formábamos parte de ella: dos españoles, dos italianas, una griega, dos húngaros, dos búlgaras, una croata, dos portugueses, un rumano, una lituana, una letona y una checa. Todos ellos jueces, tanto en formación como en ejercicio.

Pero lo cierto es que esta gran experiencia no acababa en el interior de las aulas polacas, pues, durante toda una semana, todos los jueces europeos hemos compartido las curiosidades sobre nuestro sistema de acceso a la carrera judicial frente a una gigantesca y helada piwo, un sabroso bigos o un plato de pierogi; hemos charlado sobre las peculiaridades legales de cada país paseando por la empedrada y medieval Plaza del Mercado, a la sombra de la majestuosa basílica de Santa María y ante los reflejos del ámbar expuesto en la Lonja de los Paños; hemos debatido sobre normativa europea y lo que significaba para nosotros la pertenencia a la Unión junto al río Vístula y recorriendo los verdes jardines junto a la histórica Universidad Jaguelónica; hemos intercambiado opiniones sobre los valores europeos, el pasado y nuestro proyecto común frente al dragón del Castillo de Wawel y el histórico Kaziemierz, el barrio judío de Cracovia; y también hemos hablado de nosotros, de las personas que visten las variadísimas togas de la Unión Europea, bajo las enormes bóvedas de las cámaras que discurren por las minas de sal de Wieliczka, a más de cien metros bajo tierra, impactados por los preciosos cristales de sal y su acumulación como nieve por sus laberínticas galerías.

Durante las primeras semanas en la Escuela, en la semana de deontología, expuse un trabajo que había preparado junto a varios compañeros sobre “la toga y el juez”. La idea que quisimos transmitir era que el juez también es persona y, de este modo, al igual que al ponerse la toga nunca podrá sacudirse al individuo del todo – con sus ideas, opiniones y también prejuicios -; al quitársela, tampoco conseguirá desprenderse totalmente de su tela, pues la importancia del cargo exige prudencia, también, en la vida privada. Sin embargo, bajo esta idea, uno no debía renunciar a sí mismo, sino todo lo contrario, debía conocerse y aceptarse: conocer nuestras ideas y prejuicios para procurar dejarlos de lado al vestir la toga; y comportarse con responsabilidad, pero sin pretender la santidad – ni mucho menos – al despojarse de ella. Recuerdo que, bajo esta idea, acabó la exposición con una cita de la gran Maria Callas: “Hay dos personas dentro de mí. Me gustaría ser Maria, pero también está la Callas, de quien debo estar a la altura. Así que lidio con ambas como buenamente puedo”.

Tras pasear esta metáfora por Cracovia, he podido comprobar la genial situación, evidentemente mejorable, de nuestro país, de la formación de nuestros jueces y de nuestra carrera judicial. Sin embargo, también he podido sentir, de primera mano, ese doble color del que tanto nos hablaba nuestro profesor: del negro y azul que compone la toga española.

Así que, en fin, debo decir con orgullo que llevo conmigo dos togas. Por un lado está la negra, la española pero también está la azul, la europea. Y de ambas debo estar a la altura.

Por Ignacio Parra, Juez en prácticas y simpatizante de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria.

Una toga negra y azul, por Ignacio Parra

Una toga negra y azul, por Ignacio Parra