Se suele cuidar poco a la comunidad opositora. Parece que el Estado todavía no es consciente de que sobre la comunidad opositora pesa el futuro de los servicios públicos más elementales del Estado. Pero pese a esa importancia y a la igualdad que debe regir el acceso al empleo y cargos públicos, las ayudas y los recursos del Estado solo se extienden hasta el fin de la etapa universitaria, y por ello, una de las trabas con la que se puede encontrar hoy día un opositor es con la falta de recursos económicos, sin embargo, es incierto que la carrera judicial sea una carrera elitista a la que solo opositan aquellos que pertenecen a familias acomodadas. Mi experiencia y mi situación personal contradice tal afirmación, y me consta que no soy el único en tales circunstancias.

Desde que empecé mis estudios en Derecho siempre me encontré con la misma traba: el dinero. Mi padre ha sido y es de profesión encofrador y mi madre mayormente ama de casa, que no es poco. Con la llegada de la crisis económica mis padres se quedaron en paro, y si es difícil encontrar un empleo actualmente, más lo es para un trabajador de la construcción cercano a los cincuenta. A eso se añade que en casa somos siete: mis padres, mi abuela materna, mis tres hermanos y yo, que con 24 años soy el mayor de los hermanos. Mi abuela se convirtió en el sustento fijo de mi hogar con una pensión de viudedad de 600 euros, y menos mal que vivimos en una vivienda de alquiler social. Estas circunstancias hacían imposible que mi familia pudiera pagarme una formación universitaria, por eso mi única llave de oro siempre fue la beca de estudios. No os voy a engañar, he llegado a llorar por no tener para mis libros del curso y sentir peligrar mi futuro, por la posibilidad de tener que dejar de estudiar, pero finalmente, estas adversidades no han podido evitar que hoy día pueda decir alto y claro que soy jurista, que tengo un máster en abogacía y que actualmente oposito a juez.

Durante la carrera y el máster me esforcé en aprobar todo año por año para así poder optar a la beca del Ministerio, cuyas exigencias para su concesión iban aumentando. Desde que empecé la carrera siempre lo tuve claro: quiero ser juez para administrar Justicia para mi pueblo y el dinero no puede frenar mi sueño. Y por suerte, a veces la vida te rodea de gente maravillosa que te pone sus manos para que apoyes el pie y tengas más fácil subir al siguiente peldaño, y un amigo, también actual opositor a la carrera judicial, me compró los apuntes sin pedírselo y además de adelantarme su coste, adelantó mi comienzo como opositor. Y no solo eso, cada viernes por la tarde invierte parte de su preciado tiempo en conectarse en Skype para escucharme cantar los temas y corregirme, porque tampoco puedo permitirme el lujo de un preparador. En definitiva, alguien grande con el que siempre me sentiré en deuda como amigo.

¿Y todo ese esfuerzo merece la pena? Para mí mucho, porque para mí ser juez no es solo colocarme una toga con escudo y en su caso con puñetas y sentarme en un sitio preeminente de la sala, no es solo ser la autoridad judicial del Estado y formar parte del Poder más esencial del Estado de Derecho; para mí ser juez es ser garantía de Derechos, es ser una herramienta de protección para los ciudadanos y para las víctimas, es ser un freno para el abuso de poder y la arbitrariedad de los poderes públicos, es ser un aliento para las injusticias y una herramienta pacífica para resolver los conflictos de nuestra sociedad. Es difícil definir la vocación, pero a veces cuando voy por la calle observo a la gente y a las familias de todo tipo de mi alrededor, y entonces pienso que por asegurar los derechos de aquellas personas es por lo que quiero ser juez. Y supongo que eso es la vocación.

Carlos Delgado